50 palos – @anissette

@anissette @anissette, krakens y sirenas, Perspectivas

Antes de comenzar, recomiendo acompañar su lectura (lea despacio) mientras escucha “Tristia, de Hammock” como música de ambientación. Puede continuar.

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No juegues con la vida, tiene vida propia.

 

Para los biólogos, los filósofos y la humanidad en general, la vida es un fenómeno natural que se manifiesta a través de estructuras materiales organizadas y organismos vivientes, que nacen y mueren para mantener el equilibrio y la evolución en constante movimiento. Para mí, la vida es un ente bien calzado, astuto y paciente como la más vil de las arañas, con la ira escondida entre su pacífica sonrisa, capaz de decidir a su antojo sobre los que dependemos de ella. A unos los deja fluir, a otros los sacude hundiéndolos por más que intenten aferrarse a sus pulcros pies.

 

No le mientas a la vida, te atrapa y te atrofia.

 

Pero siempre estamos los de en medio. Que ni fluimos ni nos aferramos. Simplemente decidimos ignorarla un poco, tratar de engañarla a veces y hacer como que hacemos, sin detenernos a pensar en ella… Y eso, a su alteza, le disgusta.

 

La vida te detiene cuando la ignoras, buscas otras vías… o decides pasar de ella.

 

“¡Momento!”, te murmura al oído, “a mí no me engañas…” Y te sonríe, maliciosa, con la oscuridad entre los labios, que despega lentamente para mostrarte sus dientes caninos, afilados de par en par. Te espera en su sitio, la mirada inerte y en posición de descanso, con las manos hacia atrás sosteniendo tu destino en uno de sus puños. Te intimida, airosa, decidida a jugar a las adivinanzas con tu porvenir: “Elige una mano… si es la correcta, te quedas con él.” Envenena mi corazón de inquietud pero mejor me retiro.

 

Encuentro otro túnel abierto, volteo la vista hacia atrás una última vez, y entro.

 

Ando a paso ligero, tranquila por fin. Ignorándola… siguiendo el rumbo que decidí. Camino entre la tenue luz que me cubre, sobre lo que parece un suelo noble y blando, pero sin que me dé cuenta, reaparece la vida… Recostada en la pared, me observa con sus ojos bien abiertos, sin pestañear, la ceja arqueada y los brazos cruzados. Me echa una zancadilla diciendo “por ahí no”. Me voy de tropezón, casi caigo. No la volteo a ver. Sigo mi camino actuando como si nada, como si nadie me hubiera visto. A los pocos metros aparece de nuevo. Me lanza una bofetada y me repite “por ahí no”.

 

Dolió un poco, pero continúo entre una claridad cada vez más escasa.

 

La vida me persigue hasta encontrarme de frente. Me ancla un puñetazo en el estómago. Siento las vísceras retorcerse hacia el fondo para huir del golpe. Me doblo del dolor mientras escucho que me dice “por ahí no es”. Me repongo y erguida —o altanera— sigo caminando. No despego la mano del vientre pero me niego a aceptar que me duele. Respiro profundo como si eso aliviara el ardor en las entrañas.

 

Resopla la vida a mis espaldas, ya algo irritada por mi necedad, y me oscurece el paso.

 

Me tira al suelo de un golpe. Esta vez dolió un poco más. Me cubro la cabeza llena de miedo, viene otro golpe, luego otro, y otro. Cuando pienso que terminó, tan solo se arremanga y me profiere cincuenta palos de ciego hasta que se me corta la respiración. Intento levantarme, pero siento su mano firme sobre mi hombro. Presiona. Duele. Me lastiman las rodillas contra el terreno irregular, esta vez azotado de piedras y espinas. Duele hasta los huesos, quema la piel, mi alma tiene fiebre. Pero la vida me sonríe triunfal, su mirada mezcla de furia y fastidio me obliga a suplicar. Con la cara empolvada y las lágrimas escurridas, le imploro que retire el frío metal de mi frente. Susurro un débil “por favor”, pero amenazante me vuelve a gritar: “ya… te dije… que… ¡ahí… no es!”

 

Cuando menos te lo esperas, la vida se harta de nuestra necedad disfrazada de perseverancia y te obliga a tirar la toalla, con ademanes bruscos e inesperados. Pero no, yo no soy de abandonar trapos, ni de detener mi camino. Para lo único que me planto y tiro una toalla es para tenderla sobre la arena y tomar un poco de sol frente al mar… pero eso está lejos. Mi único panorama es el encierro perverso, dentro de un túnel pegajoso y pestilente junto a la vida, que me tiene del cuello de la camisa.

 

Eso sí…

 

Cuando la vida te pone de rodillas, con el revólver sobre la cabeza, más vale obedecer. Por eso llevo una flor de luto colgada al cuello, para cuando decida disparar,

 

o se le escape el tiro.

 

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