2+2 – @candid_albicans + @IAlterego84

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L’amor che muove il sole e l’altre stelle

 (el amor que mueve el sol y las estrellas)

 

Noche cerrada. Silencio. Ni un alma por las calles. Hace frío y la humedad cerca del río Hudson se hace notar. Una pareja se baja de un Duessenberg negro. A juzgar por sus movimientos son hombre y mujer. Los dos visten gabardinas con las solapas levantadas y sombreros de fieltro. Él se mueve con determinación, todo indica que sabe lo que se hace. Ella, en cambio, parece nerviosa. Asustada, quizá. No para de mirar a su alrededor, más allá de los charcos negros que pueblan los adoquines del suelo, reflejando la mortecina luz que se derrama de las farolas, como si temiera algo oculto más allá del horizonte de almacenes cerrados a cal y canto que les rodean.

Él la coge del brazo, tirando de ella con ternura. Sus ojos permanecen ocultos, pero el brillar de una sonrisa aparece cuando la abraza. La escena parece sacada de un folletín de finales del siglo XIX. Una versión neoyorquina de los atracadores de bancos que traen de cabeza a las autoridades del país, esos Bonnie y Clyde de los que tanto hablan los periódicos, pero con un aire más lánguido. Romántico, tal vez a juzgar por cómo le acaricia las mejillas antes de pronunciar unas palabras tranquilizadoras que el viento de la noche barre nada más pronunciarlas y que mueren en un beso cálido y húmedo, envueltos por la niebla que les rodea como una mortaja.

⸺ Tranquila, no tienes nada que temer. Éste es mi día a día⸺ dice él, mirándola fijamente a los ojos después de apartar un mechón de pelo pelirrojo de su frente⸺. Todo está bajo control, muñeca. Si formas parte de mi vida, tendrás que acostumbrarte. Es dinero fácil. Nada complicado. Los hombres de Lansky y Luciano están al caer. Después, iremos donde tu quieras.

Dicho esto, vuelve a besarla. Ella se deja llevar por sus lenguas devorándose con desesperación, al tiempo que los recuerdos acuden a su memoria.

 

No sé si no puedo o no quiero evitarlo. Mi cuerpo todavía se estremece cada vez que me toca. El suave roce de sus labios sobre los míos, sus manos acariciando mi cara con infinita ternura. Y su mirada gris de acero, la misma mirada que encontró la mía una noche de octubre en el Landmark Tavern, un tugurio clandestino donde no es difícil ver a Al Capone y sus matones saciando su sed con material de primera procedente de Escocia. El típico garito que Carrie Nation habría estado encantada de destrozar a hachazos. Mi acompañante había bebido más de la cuenta. Era un tipo con menos luces que agilidad. Enseguida montó un numerito nada recomendable cuando le invitaron a salir del local. Un puñetazo en la barra, una botella rota, y el bofetón que me propinó cuando le agarré suavemente del brazo para acompañarlo a la salida. Cuando levanté la cabeza, aturdida, me encontré con una 38 hundida en su rolliza mejilla.

⸺ Lárgate antes de que ensuciemos todo esto⸺ le dijo con tranquilidad.

Y dicho y hecho. Levantó el vuelo rápidamente, como cabía esperar, dejándome sola ante un gángster cuya mirada me traspasaba más allá de lo que mis límites habrían considerado prudencial.

 

El eco de unas pisadas sobre la piedra mojada me trae de vuelta de mi ensoñación.

 

⸺ Son de los nuestros, todo está en orden⸺ dice él, mirando hacia la derecha⸺. Son la avanzadilla. Siempre lo hacemos así⸺ su voz suena confiada, la de alguien acostumbrado ante lo que está por pasar⸺. En cuanto nos vean, traerán el camión. Haremos el intercambio y podremos irnos.

Al decir esto último, desliza una mano por su mejilla. Ella se estremece. Él sonríe con una mueca pícara. Por momentos, también regresa a la habitación de hotel en la que se han despertado hace pocas horas. A las sábanas que aún olían a ellos dos. A las paredes que han sofocado sus jadeos. Y la almohada en la que, ya de madrugada, ha hecho confesiones por las que podrían contarle la lengua. Ya se sabe: Cu è surdu, orbu e taci, campa ceni’anni’mpaci (quien es sordo, mudo y ciego vive cien años en paz) y la omertá está para cumplirla. Los lenguas y los chivatos no suelen llegar a viejos. Desaparecen sin más. Crimen perfecto. Si no hay cuerpo, no hay delito. Lupara bianca, que dirían sus socios sicilianos.

 

Los pasos se alejan y a los pocos minutos el traqueteo inconfundible de un Ford T entra en escena, antes de que las luces de sus faros violen la niebla que les rodea.

Sin perder un segundo, se agacha y empieza a levantar el cierre del almacén entre chirridos metálicos. El tiempo es oro y no quiere malgastar calderilla en formalismos. Las cosas son como son: abrir, que entre el camión, cerrar, hacer el cambio de mercancía por dinero y salir por piernas de allí cuanto antes. Nunca se sabe cuándo pueden estar los sabuesos de Edgar J. Hoover al acecho o, en el peor de los casos, a fin de cuentas un tribunal es fácilmente sobornable (más cuando hay niños o esposas de por medio a los que amenazar), alguien con ganas de apiolarles y quedarse con el cargamento. Ya se sabe, los negocios son los negocios y el precio de cuatro balas es una minucia ante lo que vale el oro líquido que están esperando.

 

⸺ Tranquila, esto no nos va a llevar mucho⸺ dice, cogiéndola del brazo para dejar la entrada despejada⸺. El dinero está contado. Ellos nos dan lo nuestro. Nosotros pagamos. Esperamos a que se marchen. Aguardamos unos minutos y salimos. Después, vamos donde tú quieras a celebrarlo, ¿vale?

 

Ella sonríe con un brillo enigmático en sus ojos verdes, antes de asentir y besarle en los labios.

 

Todo fluye tranquilamente y aún así siento la necesidad imperiosa de introducir mi mano en el bolsillo de la gabardina. Acaricio el 38. Respiro aliviada.

⸺Dedo índice en el disparador, pulgar en el martillo. Es muy fácil, ya lo verás⸺ me decía mientras, sentados sobre la cama y desnudos todavía, me enseñaba a sujetarla entre mis manos.

Su mirada, sus actos, sus confesiones, el hecho de proveerme de un arma. Supe que este hombre estaba totalmente entregado a mí en cuerpo y alma, y había en ello algo que me arrebataba el aliento.

 

Me mantengo al margen de la transacción, como una espectadora invisible, desde una esquina del almacén. Hay poca luz. Mi mano todavía sigue en el bolsillo donde guardo el 38.

 

Todo va como la seda. Los del camión entran. Comprobación de la mercancía. Todo en orden. A descargar. Gruñidos. Esfuerzo físico. Cajas de madera sin pulir apiladas contra la pared. Y un chito de billetes que cambia de dueño. Un apretón de manos. Nuevo traqueteo del motor y hora de partir. Dentro se quedan los dos. Solos. Él baja el cierre y se acaricia el mentón. Aire pensativo. La suela de sus zapatos retumba en el almacén. El matar el tiempo es lo que tiene. Se puede tener la compañía adecuada, pero no el lugar que se desearía. Principio de incertidumbre lo llamaban en el Reader´s Digest, o alguna de las revistas que ojea en la consulta del dentista. Fuera como fuera, una jodienda, piensa mirándola con cara de enamorado.

 

Los minutos pasan. La espera empieza a languidecer con pereza. Las ganas de ella crecen. La idea es sorprenderla con una cena rápida en Little Italy, y una copa escuchando algo de swing en directo en ese antro clandestino que tanto le gusta. El paso previo a ponerle el broche perfecto a la noche.

 

Pero entonces pasa algo que no entraba en el guion que se estaba marcando en la cabeza. Nuevos pasos. Instintivamente se lleva la mano a la funda sobaquera. El acero de su revólver brilla bajo las luces desnudas que cuelgan del techo. Una idea le sacude como el retroceso de un Remington. Los del camión se lo han pensado mejor, vuelven a por lo que han dejado y de paso se llevan el dinero en crudo. La mira, disimulando el miedo que siente. Ya se sabe, cuando vienen, vienen a por lo que más quieres. Tal vez sea precipitado decirlo así, pero algo en su pecho le dice que no suena tan descabellado. Como la estupidez de protegerla entre esas cuatro paredes. Bastaría con un par de Thompsons escupiendo plomo (con ese tableteo tan de máquina de escribir, tan novelesco, tan letal…) para que los dos acabaran escenificando la versión neoyorquina del San Valentín del 29 en Chicago.

Amartilla el percutor y resopla. Va a empezar el baile. Mejor elegir primero la pareja adecuada, así se minimizan los pisotones y el andar desacompasado. Abre el cierre y encañona a las sombras. Dos automáticas se apoyan en su cabeza. Una a cada lado como en un estudio de frenología. Cierra los ojos, abatido. Eso no entraba en sus planes. Acabar tieso como un pardillo. Aunque la cosa se pone más interesante cuando dos placas de los federales centellean ante sus ojos.

⸺ Buen trabajo, agente Murphy⸺ dice uno de ellos, mirándola.

Derrotado, baja el brazo, apuntando al suelo. Ahora todo empieza a cuadrar. Se siente gilipollas. Estafado. Un tramposo al que otro mejor que él le gana de mano. Ella. Ese local. El acompañante. Y ella cogiéndole del brazo con coquetería al salir…

⸺ Joder, aquí hay alcohol para prender fuego todo Central Park⸺ exclama el que tiene a la derecha. Su voz suena jocosa, alegre. Aunque el aliento que escapa con ella habla de que la mitad de ese whisky no va a llegar a comisaría ni mucho menos aparecer en televisión con agentes empeñados en su cumplimiento de la ley Volstead, destrozando mercancías a martillazos y hachazos.

 

Ella se levanta con calma. Sus tacones repiquetean en el suelo de cemento. Cada paso se clava en él como un tiro de gracia. Cuando llega a su altura la escucha respirar hondo antes de que un clic desate lo que está por pasar…

 

Dos tiros. Pumb. Pumb Certeros. Dos cuerpos cayendo casi al mismo tiempo. Él, ileso. Ella sonriéndole. La gabardina salpicada de sangre y restos de sesos y cráneo. Y una frase que le suena a libertad. A un camino que acaba de arrancar:

⸺ No me mires así. Nunca me han gustado los números impares. Tres armas apuntándote me parecía injusto. Mejor 2+2. Todo equilibrado⸺ sonrisa cálida. Caricia. Caída de ojos⸺. Y ahora, encanto. Vamos a deshacernos de estos dos antes de que empiecen a oler. No me mires así. Esta noche ya se me ocurrirá cómo hacer para que devuelvas el favor.

 

Y después de todo esto, dos cuerpos lastrados buceando en el Hudson. Dos siluetas rodeadas por la bruma besándose y un cierre que cae con pesadez, guardando en su interior el secreto de lo que acababa de ocurrir.

 

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