1984 – @GraceKlimt + @Ordinarylives

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La ciudad caótica suena atronadora tras los endebles cristales de la cafetería. Los neones parpadean con cada paso del tren a toda velocidad por encima de los edificios pero Ray Connor ni se inmuta, toma su café absorto en la música de piano que hay de fondo. Antiguo piloto de las fuerzas aéreas ahora reconvertido a detective tras perder el ojo derecho por culpa de una bala que casi acaba con su vida. Los médicos consiguieron conservar su ojo pero no tiene visión, por lo que debió abandonar su avión, su flota y su guerra. Fuma de manera ritual, casi empalmando un cigarro con el siguiente, el reloj que cuelga de una de las paredes del local marca casi las doce de la noche y no tiene ganas de volverse a casa. Por las noches la polución todavía es mayor y encontrarse a gente con máscaras de gas le hace recordar a los nazis, y no hay nada que odie más en el mundo que a los putos nazis.

“La vida es capaz de tumbarnos de una hostia en medio de la caricia más tierna. Lo sé porque he sentido la pólvora atravesando mi cuerpo, muñeca, y no me dolió ni la décima parte de lo que me mata todo esto. Soy un tipo duro. Siempre lo he sido. Sería capaz de salir ahí afuera ahora mismo, atravesar con mi puño el estómago de cualquiera, arrancarle las entrañas y echárselas de comer a los buitres sin pestañear. Sí, muñeca, no pongas esa cara. Sé de lo que hablo. Escucha la música. Déjate llevar por ella. No hay prisa. Cierra los ojos, da una calada intensa, retén el humo en los pulmones, y déjalo salir despacio. ¿Lo sientes, muñeca? Eso es la vida. En eso se resume todo. Sólo somos humo. Nada más. En cualquier instante desapareceros. Es lo que toca. Pero pienso en lo que tiene que pasar esta noche, y no puedo evitar el dolor. Soy un hombre, también, muñeca.”

Connor sonríe y le pide otro café al camarero, más viejo y cansado que él. El hombre lleva el pelo y el bigote cortados a la perfección y un par de dientes metálicos que deslumbran cada vez que se dirige a los clientes. Hace unos días que la inquietud llena los resquicios del detective junto al deseo, esa sensación vertiginosa de perder el control por alguien que no debes. Y es el caso. La pistola le arde en su protector de cuero sin que la haya disparado y los restos de pólvora negra le llenen el dorso de la mano. Nunca sabes cuándo vas a tener que ponerte a prueba. Los días siguen llenos de sorpresas aunque el mundo sea ahora un lugar gris, cínico y lleno de escoria humana. La puerta del local se abre y un par de tipos a los que Ray no presta atención se sientan en una pequeña mesa al fondo, tras ellos una mujer llega con cierta prisa hasta la barra. El detective acoge la taza llena entre sus dedos mientras la mira, brillo en sus ojos, se abren las costillas, late el puto corazón.

“Eres el maldito fin del mundo, muñeca. Mírate, el piano no suena, la vida no avanza, la gente ha olvidado el miedo, ha salido el sol sólo con tu presencia. Y tú ni siquiera eres consciente de ello. Simplemente te acercas, un poco ajetreada, un tanto despistada, impresionante. Con tus tacones resonando en mi cabeza y la costura de tus medias haciendo estragos en mi entrepierna. Un ser de otra dimensión. Pero qué estoy diciendo. Claro que lo sabes, muñeca. Conoces a la perfección cada reacción que provocas. La calculas, la mides, la utilizas. Como ahora, mientras sonríes de forma casual al camarero, y sus malditos dientes metálicos relampaguean por ti. Tienes nuestro destino en tus manos, muñeca. O eso crees. Yo aún tengo que decir la última palabra. Firmar la última obra, antes de que lo hagas tú. Si el pulso no falla. Quién sabe. Recuerda que todos tenemos un precio, muñeca.”

Por un instante el detective se siente parte de ese Gran Hermano del que habla Orwell en 1984 y no quiere imaginar lo que la Policía del Pensamiento podría hacer con él si llegaran a escuchar las ideas que parpadean dentro de su cabeza en ese instante. Se permite mirarla y acabarse el café, del mismo modo que le gustaría acabársela a ella en plena madrugada, de un solo trago.

“Es la hora, muñeca. Creo que tú también lo sabes, porque te acercas con la sonrisa vestida de noche. Huele a promesa eterna y despedida. Yo también te devuelvo el gesto, si vas a morir, que sea así. Tu boca es un paraíso, la veo moverse a cámara lenta mientras me acaricias la nuca y amagas un beso. Aprieto el gatillo y la imagen se congela. Algo se queda clavado en mi nuca, al despegarse con delicadeza tus dedos. —Nos encontraremos donde no hay oscuridad— me susurras mientras caemos. Joder, hasta el último instante guardabas un as en la manga, muñeca.”

La realidad supera siempre la ficción. Ray Connor, obsesionado con ella, había pasado por alto la ropa completamente negra y los cascos modelo británico bajo el brazo de los hombres del fondo del local.

El mundo vuelve a ser gris.
No pienses.
Los crímenes de pensamiento se pagan.

Te estamos vigilando.

 

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