1982 – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

El portero me ayuda a abrir el portal del edificio victoriano donde se encuentra la clínica de cirugía estética. Le doy las gracias y camino, apoyándome en mis muletas, hacia la parada del metro. La frustración y el cabreo me invaden. Estoy harta de que me traten como a una loca. Loca ¿por qué? ¿Por sentir?

“Mamá ¿de quién es esta pierna que me cuelga?”, le pregunté una vez. Yo tendría unos 7 años y ella estaba atándome los cordones para ir al colegio. De primeras mi madre se rió. “Tuya, cariño ¿de quién va a ser si no?”. Pero la sonrisa se le borró cuando vio que estaba hablando en serio. Ya han pasado muchos años, pero nunca he dejado de sentir esa falta de conexión.

“¿Por quién nos ha tomado? ¡No podemos hacer eso!”, las palabras del cirujano plástico todavía rebotan en mi cabeza. “Pero si ustedes liman narices, quitan costillas, extraen grasa ¿qué diferencia hay?”. Me ha soltado una perorata sobre la ética médica y sobre que ellos trabajan en crear belleza, no en mutilarla… Y después ha cerrado la carpeta con mi nombre escrito en la cubierta de color turquesa y me ha invitado a salir de su consulta apresuradamente, como si tuviera una enfermedad contagiosa.

No es la primera vez que me tratan así. Recuerdo que de pequeña tenía muchas pesadillas. Me despertaba llorando y gritando que me la quitaran, que no la quería. Mi madre me llevó al médico, me hicieron pruebas, todo parecía normal, mi pierna estaba sana. Debía ser un problema mental, dedujeron. “Que la vea un psiquiatra”. Y me vio, me vieron unos cuantos, demasiados, pero por más que hablaba con ellos y por más que me medicaban, esa pierna seguía sin ser mía.

Me coloco detrás de unas personas que están en la calle esperando al ascensor que baja a las taquillas de la estación. Al verme se apartan y me dejan entrar a mí primero. Es alucinante cómo a veces parece necesario tener una discapacidad para que te traten con respeto. Quizá la verdadera discapacidad sea nuestra falta de capacidad para respetar a nuestros iguales.

“Padece un Trastorno de Identidad de la Integridad Corporal”, concluyó el último psiquiatra al que acudí. ¿Cómo? ¿Trastornada? ¿Yo? Me habló como si me conociera mejor que yo misma. Como si me estuviera haciendo un favor al haber resuelto mi enigma. A esa gente le encanta poner nombres a todas las cosas. Y al hacerlo parece que le están dando importancia a lo que te pasa, pero en realidad se la están quitando. Me sentí engañada, insignificante. Así que decidí no volver. Tampoco le mencioné nunca más el tema a mi madre. Hice como si mi trauma hubiera desaparecido, y por fin todo el mundo pareció relajarse. Todo el mundo menos yo.

Llego al andén, faltan 3 minutos para que venga el metro. Una señora me ofrece asiento en uno de los bancos que están pegados a la pared, pero le digo que no es necesario, que prefiero esperar de pie. Apoyo todo el peso en mi pierna derecha, la que es mía, y en las muletas, que son ya más parte de mí que la otra extremidad desconocida que tengo adherida.

Cuando empecé a vivir sola pensé en hacerme cortes, quemaduras, en hacerle tanto daño a ese miembro que no les quedara más remedio a los médicos que cercenarlo, pero jamás fui capaz. Miré en internet. Encontré a gente que se sentía como yo. Me registré en foros. Parecía que por fin alguien me comprendía. Lloré de felicidad. Me enteré de que muchos de ellos lo habían conseguido. Eran libres. ¿Por qué iba a ser yo menos? Me prometí no dejar de luchar hasta lograrlo.

El cartel empieza a parpadear: “El próximo tren va a efectuar su entrada en la estación”. Miro a mi alrededor y veo que casi todo el mundo sigue sentado, a la espera de que en vagón se detenga y abra las puertas para levantarse. “¡Vagos!”, pienso.

Y de repente me asalta un recuerdo. Corría el año 1982, vivíamos en un barracón pendientes de que nos realojasen en unas vivienda de protección oficial. Ese invierno fue especialmente duro y, pese a las mantas, en mi habitación hacía mucho frío. Ese día era mi cumpleaños. Cumplía cinco años. Mi madre entró en el cuarto, “¡Felicidades, hormiguita!”, y me acercó un bulto envuelto en papel de estraza. Lo abrí, emocionada, era una muñeca. Nunca había tenido una muñeca. Estaba sucia, tenía cuatro pelos despeinados y le faltaba una pierna. Pero a mí me daba igual, era mi primera muñeca, y era perfecta.

Veo las luces acercarse y el convoy aparece atravesando la boca del túnel. Sus faros me miran a los ojos, doy un par de pasos hacia delante, suelto las muletas, y estiro la pierna izquierda al tiempo que cierro los ojos y una sensación de tranquilidad y alivio me invade.

Ya está.

 

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