13 horas – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Me levanto, como todos los días, alrededor de las 11 de la mañana. No soy de esas personas que les gusta madrugar, y tampoco soy de esas personas que necesitan hacerlo para ir a trabajar. Mi trabajo me permite estos pequeños lujos. Y lo mío me ha costado estar donde estoy ¿eh?

Voy a la cocina, caliento un café en el microondas y, mientras me lo bebo, chequeo en mi iPhone las últimas visitas y comentarios a mi blog. Al principio, cuando lo abrí, no lo leía ni el tato, pero con el tiempo -y gracias a algunos vídeos que grabé y que han suscitado polémica (me encanta incomodar)- se ha hecho bastante conocido en la red. No es lo que más dinero me da, pero me divierte mucho. Es mi pequeño entretenimiento.

Después de ponerme al día con el blog me meto al baño a leer las noticias. ¿Qué hacíamos antes mientras cagábamos cuando no teníamos móvil? Por suerte ahora, gracias a estos aparatos, podemos aprovechar esos minutos para hacer dos cosas útiles a la vez. La primera noticia que aparece en mi pantalla es la del juicio de la Manada. Me meto sin mirar el resto de titulares porque este tema me tiene bastante indignado. No entiendo el escarnio que se está haciendo con estos pobres chavales, sin saber si son inocentes o no. Empiezo a leer ya cabreado. La noticia habla de que se han filtrado algunas fotos de la supuesta violación. Pincho en el enlace y las observo con detenimiento. “Mira, pero si se nota perfectamente que la muy pájara está disfrutando, está claro”. Me entretengo un rato más viéndolas con detenimiento, una tras otra, volviendo hacia atrás para verlas todas de nuevo y, de repente, me doy cuenta de que tengo una erección. Dejo el móvil en el lavabo, me limpio el culo y, sonriendo, agarro mi polla con una mano y le digo “Te gustan estas cosa ¿eh? Guarrilla”, y me decido a hacerme una paja. Que hay que empezar bien el día, hombre.

Tras ese pequeño momento de intimidad procedo a darme una ducha y, al salir, veo un mensaje en mi móvil recordándome que en un par de horas me esperan para un rodaje. Es verdad que tengo cierto renombre en la industria pornográfica y, aunque ya no suelo prodigarme en muchas películas porque prefiero estar detrás de las cámaras, a veces me presto para hacer alguna chapucilla. La persona que me ha escrito los mensajes, la productora, me cita en un hotel en el centro de la capital. Cuando termino de leerlo me arrepiento un poco de haberme hecho una paja, por si luego me cuesta mantener la erección durante la escena, pero bueno, uno ya es perro viejo y tiene sus trucos, así que no le doy muchas vueltas.

Finalizo mi rutina afeitándome y poniéndome los primeros pantalones y camiseta que encuentro limpios en el armario y, antes de salir de casa, me peino el pelo de la coronilla hacia delante, intentando disimular, sin mucho éxito, una calvicie ya más que incipiente. En el recibidor miro la imagen que me devuelve el espejo y, oye, no soy un tío guapo, lo sé, pero soy un tío con éxito, y eso lo he conseguido yo solo, así que salgo a la calle con esa aura de quien está orgulloso de sí mismo.

El hotel queda a menos de dos kilómetros de donde vivo, así que me animo a ir paseando. No es algo que suela hacer habitualmente, andar, pero el médico me ha dicho que, por mi salud, tengo que bajar un poco de peso, así que me permito el esfuerzo. De camino me paro en un semáforo y, por uno de mis laterales, se acerca un grupo de chicas vestidas de colegialas, custodiadas por dos profesoras estiradas. Me quedo embelesado mirándolas. Tendrán unos catorce años, llevan uniformes de falditas de tablas, con calcetines altos, y tienen esas caritas de no haber roto nunca un plato… Me encantan las niñas buenas así vestidas. De hecho, en algunas de mis películas ya he usado ese recurso porque me consta que es un fetiche entre muchos de mis congéneres. El semáforo se pone en verde y dejo que la excursión me adelante para poder observarlas desde atrás, y noto como algo en mis pantalones vuelve a despertarse. Bien, veo que, pese a mi momento de onanismo matutino, estaré a tono para la escena.

Por fin llego al hotel. Es un lujoso edificio con un acceso para coches y con toda la fachada de cristalera y mármol. Entro a la recepción y me emociono al ver que la recepcionista es una pelirroja con cara de cachonda. Apoyo el codo en el mostrador y, con voz sugerente, le digo que me están esperando en la habitación 313. Ella, casi sin mirarme (zorra engreída), confirma mis datos y me indica que puedo subir en el ascensor hasta la tercera planta. Llego al rellano, me dirijo hacia la derecha y por fin aparezco en mi destino. Llamo con los nudillos y, mientras espero a que abran, aprovecho para comprobar que mis sobacos aún huelen a desodorante y me acomodo el paquete dentro de mis pantalones. De repente, oigo un taconeo y una pedazo de mulata enfundada en unas mallas y una camiseta negras, y con unos tacones de vértigo, me abre la puerta. “Hola, guapa”, le digo, con una sonrisa pícara en la cara. Ella no contesta “Será extranjera”, pienso y, cuando echa a andar delante de mí, le miro el culo y le propino un cachete, ante lo que ella tampoco se inmuta. Entro en la habitación y veo que hay una pequeña sala de estar antes del dormitorio, con dos sofás, una televisión enorme sobre un aparador blanco, un mueble bar en una esquina y varias bolsas negras esparcidas por el suelo, dentro de las que supongo que estará el equipo de grabación. Sentada en uno de los sofás se encuentra una mujer de unos 50 años, con el pelo corto canoso, y con pinta de bollera. Levanta la vista de los papeles que está leyendo y con un par de dedos inclina sus gafas hacia abajo mientras me mira. Sonríe y me dice “Hola, cariño ¡qué puntual!” y se levanta para darme la mano. Al verla de pie me doy cuenta de que está muy bien para su edad. Me encantan las maduritas, están mucho más desinhibidas y suelen ser bastante guarrillas. Total, a esa edad les cuesta más encontrar a un tío que se las quieran follar, así que cuando lo consiguen se esmeran al máximo.

Nos sentamos a charlar sobre la escena que quiere grabar. Por suerte para mí, mi compañera va a ser la morena que me ha abierto la puerta -aunque no me importaría montármelo con las dos a la vez-. La vuelvo a mirar de arriba abajo y ya siento que mi polla empieza a pedir guerra. La cincuentona me cuenta que su idea es grabarla dentro de la ducha, que yo me cuele por la ventana y que la observe mientras se seca en el baño y, cuando entre a la habitación, la aborde y la viole. Me encantan las escenas de violaciones, son de mis favoritas, además sé que a las tías también les ponen cachondas. “¿Quieres un whisky, cariño?”, me ofrece amablemente. Es temprano, pero ¡qué cojones! Hoy va a ser un gran día y me puedo dar un homenaje. La negrita se acerca al mueble bar, echa hielos en dos vasos y nos sirve unas copas a mí y a su jefa y, mientras bebemos y ultimamos los detalles, ella va a la habitación, se quita la ropa, y vuelve a salir con un albornoz cortito. Cuando atraviesa la puerta, la miro, con ganas de empezar la faena, y me doy cuenta de que no puedo apartar la vista de ella, estoy como embelesado, hipnotizado, y me siento algo mareado.

Abro los ojos, veo un poco borroso ¿dónde estoy? este lugar no me resulta familiar… Intento incorporarme y, en ese instante, un pinchazo en las sienes me obliga a volver a mi posición inicial. ¿Qué coño está pasando? Me mantengo un rato más ahí tirado y, de repente, lo recuerdo todo. Vine aquí a grabar una escena y había dos mujeres… “Hijasdeputa, me la han jugado. Seguro que me han robado la cartera. Y ahora tendré que cancelar mis tarjetas de crédito y todo el rollo. Malditas putas”. Un poco más despacio vuelvo a levantarme y, en la mesilla, veo una nota con mi nombre. La cojo y empiezo a leer:

“Hola, cariño. Bienvenido de vuelta. ¿Te has dado cuenta de que mientras estamos dormidos, todos, hasta las peores personas, parecemos inofensivos? Pues sí. Y además de parecer inofensivos, también estamos indefensos.

La verdad es que nos has abandonado muy pronto, pensábamos jugar más rato contigo antes de quedarnos a solas con tu cuerpo, pero bueno, nos hemos divertido mucho también cuando no te enterabas.

Me imagino que al levantarte habrás notado un pinchazo en las sienes. No te preocupes, es normal. ¿Sabes lo que es un síndrome regresivo? Supongo que no, pero no pasa nada, tranquilo, te lo voy a explicar.

Mientras descansabas te hemos introducido a través de la nariz (si tienes alguna hemorragia también es normal, no te asustes) un pequeño dispositivo que hemos instalado en algún área recóndita de tu minúsculo cerebro y que, poco a poco, te irá provocando fallos en ese amasijo de grasa y carne que llamas cuerpo. Pero los fallos no serán así porque sí, eso no sería divertido, sino que algo tendrá que provocarlos. ¿Y qué será? Pues muy fácil, esa mente sucia y degenerada que posees.

Cada vez que tengas un pensamiento obsceno, un recuerdo pornográfico, una ensoñación erótica… algo se activará en nuestro pequeño juguetito y la máquina, o sea tú, sufrirá un colapso. Puede que pierdas la movilidad de algún miembro (brazos, piernas…) o que dejes de ver, o de oír, o de hablar… o, peor aún, que te deje de funcionar algún órgano vital ¿quién sabe?

Pero no queremos hacerte más spoilers, queremos que el resto del juego sea una sorpresa, así que solo nos queda desearte suerte y aconsejarte que te portes bien. Porque… sería un duro golpe para la humanidad perderte de vista tan pronto, cariño.

Y nosotras queremos que este juego sea largo y divertido.

Besitos”

. . . .

 

Lee la carta dos veces, sin dar crédito a lo que pone en ella. Piensa que seguramente sea una broma, que le estarán grabando con una cámara oculta y, cuando menos se lo espere, la negra despampanante aparecerá por la puerta, semidesnuda, y empezará a hacerle una mamada. De repente, mientras se encuentra inmerso en esos pensamientos, siente un pitido agudo en los oídos, se le nubla la vista, y nota cómo una mano se le empieza a dormir. “Joder, joder, jodeeeer…”, intenta controlar la respiración. “A ver, me estoy agobiando. Esto no puede ser cierto”. Poco a poco va recuperando la visión, se repone y, mientras sacude el brazo enérgicamente sin conseguir que el extremo deje de parecer inerte, llama al teléfono de la mujer que le había citado en el hotel, pero una grabación al otro lado le dice que su línea no está operativa. “Mierda” masculla exasperado, y se levanta de la cama para salir de ese maldito lugar.

Abre la puerta, asoma la cabeza y mira a ambos lados, no hay nadie en el pasillo. Sale y se encamina hacia el ascensor. Consigue bajar hasta la primera planta -empapado en sudor y masajeándose la mano, que sigue muerta-, atraviesa el vestíbulo, sin mirar a la recepcionista cachonda, y sale a la calle. Ya en la acera, se dirige a la carretera, dispuesto a pedir un taxi. Y, de repente, frente a él, ve pasar de nuevo a la excursión de niñas, que ya vuelven en dirección a su colegio. No puede evitarlo, joder, es un puto salido, joder, su mente está enferma. Otra vez el pitido, otra vez pierde la vista, se tambalea, se apoya como puede en una farola y, cuando la convulsión pasa, se da cuenta de que un ojo no recobra la visión. Empieza a gimotear. “Venga, solo tengo que llegar hasta casa y allí ya pensaré algo que hacer, pediré ayuda”. Levanta la mano y un coche blanco con la luz verde para. Se recuesta en los asientos traseros y le dice al conductor la dirección a la que quiere que le lleve. “Oiga ¿Se encuentra usted bien?”, “Sí, sí, tranquilo, no se preocupe”, atina a contestar. “Yo le conozco, es usted ese actor porno famoso ¿verdad? He visto un montón de películas suyas, no me escondo, me encantan. La de pajas que me he hecho con ellas jajaja Siempre me acuerdo de una en la que estaba usted disfrazado de cura y le daba lo suyo a una chica con coletitas y minifalda ¿Sabe cuál le digo?”. Recuerda perfectamente esa escena, la recuerda tan vivamente que, otra vez, siente el pitido y todo se funde en la más absoluta oscuridad. Y nota un calambre en su polla que, poco a poco, se va haciendo más leve hasta que la deja de sentir. “No, joder, la polla no, joder”. El taxista está tan emocionado por haberle conocido que no le cobra la carrera, solo le pide un autógrafo, que él a duras penas puede firmar con la mano zurda, la única que le funciona. Entra en su casa, cierra la puerta tras de sí, agobiado, y se encamina hacia el salón en dirección al teléfono para pedir ayuda. Ve los carteles de sus películas colgados en la pared, las revistas porno esparcidas sobre la mesita baja… Pitido, oscuridad, un pinchazo en el abdomen le hace retorcerse de dolor en el suelo, le sale espuma por la boca, se caga encima…

Trece horas después, la mujer que limpia su casa dos veces a la semana por cuatro míseras pesetas -y que está harta de aguantar sus palabras obscenas y rozamientos furtivos, pero que no puede dejar el trabajo porque necesita la pasta- entra a su domicilio y le encuentra muerto, en el suelo del salón, rodeado de vómito. Ahoga un grito tapándose la boca con la mano pero, después del susto inicial, lo piensa fríamente, y tampoco es que le dé mucha pena, la verdad.

Fin

 

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