13 horas – @candid_albicans + @IAlterego84

Candid_Albicans @candid_albicans, @IAlterego84, krakens y sirenas, Perspectivas

Amore e tosse non si possono nascondere
El amor y la tos no pueden disimularse

 

Viaje. Coche. Maletas. Kilómetros. Desconocidos. Paisaje. Curiosidad. Roces. Miradas. Sonrisas. Caras. Anonimato. Tensión. Morbo. Impulsos. Pensamientos. Incomodidad. Dudas. Ganas. Gasolinera. Stop. Surtidor. Máquina. Tabaco. Palabras. Importe. Gracias. Pestañeo. ¿Coquetería? Preguntas. Respuestas. Latidos. Horizonte. Asiento. Música. Invitaciones. Insinuaciones. Caricias. Muecas. Guiños. Tráfico. Tentaciones. Manos. Piernas. Ojos. Hambre. Deseos…

Por fin de vuelta a casa. Han sido unos días largos, pero es lo que tocaba. El curro es lo que tiene. Te toca viajar. Vuelves de una exposición en París sobre ingeniería agrícola, y a los dos días te suelta el jefe que te toca irte a Benavente, Zamora, a ver sobre el terreno un sistema de riego. Y para colmo, con esto de los recortes presupuestarios, a viajar en Blablacar. Tócate los huevos. Pero bueno, ya se ha acabado. Ahora de vuelta a Madrid. Una ducha. Una cerveza y dar de comer a los peces. No es una vida de lujo, pero es la que me ha tocado vivir.

Hacemos un alto en la gasolinera. El que conduce no habla. Esto parece un funeral. La chica que tengo al lado me ha sonreído un par de veces. Y ahora aquí estamos, lejos de los surtidores echando un cigarro. La situación es surrealista, lo sé. Y aún así me gusta. Como ella. Me gusta. Es llamativa, atractiva. Inteligente. Y tiene una sonrisa que me hiela la sangre. Tanto, que hasta tartamudeo un par de veces.

Volvemos al coche. De vuelta a la rutina del viaje. La misma música. El mismo silencio incómodo. Y la chica que me roza la mano al descuido, hasta que nuestras miradas se cruzan y veo en el verde de sus ojos algo que me dice ven.

Vacaciones. Ilusión. Reencuentro. Amigas. Emoción. Coche. Extraños. Saludos. Nombres. Bromas. Risas. Asiento. Chico. Atracción. Roce. Sonrisa. Curiosidad. Conversación. Música. Miradas. Nerviosismo. Disimulo. Parada. Descanso. Gasolinera. Cigarro. Fuego. Ojos. Labios. Humo. Palabras. Insinuación. Pulso. Intensidad. Asiento. Kilómetros. Caricias. Piel. Juego. Manos. Mirada. Olor. Respiración. Calor. Pensamientos. Imaginación. Deseo…

 Cuántas ganas tenía de que llegase este día. Llevamos planificando este viaje a Ámsterdam desde hace ni sé cuánto. Voy con dos amigas de la facultad a las que hace por lo menos un año que no veo. Ambas viven en Madrid. Yo tuve que regresar a mi casa en Benavente tras finalizar los estudios para hacerme cargo de la empresa familiar, y desde entonces han sido pocas las veces que he bajado a verlas. Necesito este pequeño paréntesis en mi vida. La rutina me está devorando.

Después de intentar hacer cuadrar horarios de trenes y autobuses, opté por ir en Blablacar hasta Atocha. Me han dicho que funciona bien y además es barato. A ver qué tal la experiencia. Observo a mis compañeros de viaje. El conductor es un hombre de barba canosa y semblante serio. Tras las presentaciones y un par de bromas forzadas para romper el hielo no ha vuelto a abrir la boca. En el asiento del copiloto una mujer con cara de pocos amigos se tira todo el viaje tecleando en el móvil, y a mi lado un chico que me mira distraído desde sus auriculares. Le sonrío. Es atractivo. Mucho. Creo que le he puesto nervioso. Eso me divierte. De vez en cuando lo pillo mirándome las piernas de refilón. Yo sonrío. Él se reacomoda en el asiento y vuelve a mirar por la ventanilla. Me apetece mucho hablar con él pero parece inaccesible. Paramos a repostar. Enciendo un cigarro lejos de las luces de la estación de servicio. Para mi sorpresa es él quien se acerca. Me pide fuego mientras clava sus ojos en los míos. Juraría haberlo visto jugueteando con un Zippo durante el viaje, pero no digo nada. Hablamos de nuestros respectivos destinos. Una excusa para hablar de algo. De vuelta en el coche, soy yo la que no puede evitar mirarle.

Tráfico. Autopista. Retrovisor. Coches. Peaje. Autopista. Retrovisor. Tentación. Miradas. Sonrisas. Ojos. Diálogos. Nacimiento. Deseo. Calor. Instinto. Suspiros. Vestido. Pierna. Caricia. Cosquillas. Sensaciones. Hormigueo. Ciudad. Entrada. Atasco. Semáforo. Claxon. Destino. Despedidas. Café. Conversación. Clímax…

 Ya en casa. Madrid. He vuelto. El cansancio de los días de trabajo y el viaje se hacen notar. Es el momento de las despedidas. Es ridículo, lo sé. A fin de cuentas, salvo con la chica que tenía a mi lado no he hablado con ninguno de mis compañeros de viaje. Pero venga, que no se diga. Un apretón de manos de estos de manos fláccidas, dos besos de mejilla contra mejilla, un gracias por todo.

Hora de sacar las maletas. Echar un ojo al móvil para avisar al jefe de que he vuelto. Y cuando levanto la vista, el que conduce y su acompañante silenciosa están metiéndose en el coche. Frente a mí, la chica de la mirada que hace que me tiemblen las manos. Nos sonreímos. No una sonrisa en plan por compromiso. No. Es una sonrisa cálida. Sus ojos verdes (a estas horas y con la luz del sol en el ángulo perfecto) son ahora de un color verde aceituna que hace que hable sin pensar. Titubeo como un colegial en el recreo, pero me armo de valor. Un paquete de tabaco y el ofrecimiento de un cigarro nos sirve para romper el hielo. El resto, es improvisar deprisa. Nada de andarse por los cerros de Úbeda. Directo. Un aún tienes tiempo hasta que salga tu vuelo, ¿te apetece que nos tomemos un café juntos mientras esperas?

Autopista. Amanecer. Silencio. Deseo. Miradas. Roce. Rodillas. Deseo. Manos. Piel. Suspiro. Deseo. Labios. Respiración. Calor. Deseo. Ciudad. Destino. Tráfico. Realidad. Estación. Despedidas. Equipaje. Nervios. Cafetería. Invitación. Conversación. Anhelo. Deseo…

Llegamos a nuestro destino. Madrid como siempre tan lleno de atascos y de vida. Sonrío para mis adentros recordando los fines de semana que me volvía al pueblo desde esta estación, todavía con la resaca de la noche anterior y los ojos brillando con lágrimas de risa compartida. Pero todo aquello quedó atrás. Ahora toca un muchas gracias, encantada, el viaje muy bien, coger las maletas y esperar el tren que me llevará al aeropuerto. Me recoloco el vestido, aparto un mechón de pelo detrás de la oreja, me pongo el abrigo. Le sonrío. Me sonríe. Y quiero detener el tiempo. ¿Un último cigarro? Por qué no. El chasquido de su Zippo, su mirada cómplice, media sonrisa y un suspiro. Mi vuelo no sale hasta dentro de cuatro horas y pico. Por supuesto, estoy deseando tomarme ese café (contigo).

Cafetería. Puerta. Cigarro. Caladas. Cenicero. Peatones. Acera. Cafés. Solo. Largo. Nada. Azúcar. Ojos. Caída. Suspiro. Ganas. Respiración. Jadeo. Tensión. Manos. Caricia. Seducción. Pensión. Escaleras. Puerta. Habitación. Cama. Muelles. Crujido. Sudor. Sexo. Fluidos. Orgasmo…

Los dos fuman en la entrada de una cafetería de la calle Atocha, apoyados sobre un barril reconvertido en una mesa de vanguardia. Un cenicero de propaganda y dos cafés entre ellos. Expreso para él. Largo con tres de azúcar para ella. La situación es extraña. Dos desconocidos que lo único que han compartido, han sido las tres horas y media largas de trayecto (incluyendo la pérdida por parte del conductor por saltarse un desvío); y aquí están. Codo con codo. Sonriéndose como dos conocidos de toda la vida. Haciéndose promesas en silencio, cada vez que los ojos de él se fijan en el verde de los de ella y sus manos se rozan al descuido. La distancia que les separa, disminuye por segundos, cada vez que hablan, tanto que pueden sentir el uno el aliento del otro. El cansancio del viaje parece haber pasado. Los dos piensan lo mismo al mismo tiempo. Abren la boca para hablar, pero ninguno lo hace. Se limitan a girar el cuello en la misma dirección, hacia un cartel en el que se anuncia el alquiler de habitaciones por horas. Sonríen. Ella se muerde el labio. Él le guiña un ojo. No hay nada que decir. No hay que malgastar palabras. Los dos lo saben. Pagan y se acercan al portal.

A mitad de camino, ella se detiene y suelta la maleta. Él la mira sin comprender. La respuesta no se hace esperar demasiado. Brazos rodeándole el cuello y dos lenguas que se encuentran con el hambre de quien ha guardado ayuno desde hace demasiado tiempo.

Cafés. Cigarros. Reloj. Miradas. Caricias. Latidos. Tiempo. Pensión. Calle. Besos. Pasión. Escaleras. Manos. Muslos. Puerta. Lenguas. Cuello. Jadeos. Habitación. Pared. Prisa. Cinturón. Vestido. Dedos. Vulva. Humedad. Calor. Pasión. Sexo. Orgasmo…

El letrero de una pensión nos sonríe desde el otro lado de la calle. Nos miramos buscando en los ojos del otro la necesidad de devorarnos como si nos hubiésemos estado esperando toda la vida. Las palabras sobran. El mundo que nos rodea desaparece en un instante. Nos damos la mano y cruzamos la calle. El sabor de tu boca. El olor de tu piel. La química comienza a obrar su magia y antes de llegar a la puerta de la habitación tus dedos ya están empapados de mi flujo. Tu erección entre mis piernas, una mano bajo el vestido apretando mis nalgas y la otra dentro de mis bragas, arrancándome gemidos y súplicas. Mis dedos buscan urgentemente tu cinturón, meto mi mano dentro de tus pantalones y libero tu erección. El aliento de tu respiración en mi oído me eriza la piel y una descarga de flujo empapa mis bragas. Lo has notado y sonríes, mientras susurro en tus labios un fóllame la boca. Me arrodillo, escupo en tu glande sin dejar de mirarte, me miras con ansia mientras empujas mi cabeza suavemente hacia tu polla. Primero despacio. Después vas aumentando el ritmo. Me pone muchísimo oírte jadear. Tu mirada me pide más y yo te lo doy. Me agarras del pelo con fuerza y yo me dejo hacer. Las arcadas son inevitables. Y entre las lágrimas y el rimmel corrido sigo manteniéndote la mirada. Me sonríes. Fóllame por favor.

Excitación. Lubricación. Erección. Colchón. Pasión. Penetración. Contracción. Espasmo. Orgasmo. Entusiasmo. Pleonasmo: no pares, no pares. Caricias. Piel. Hambre. Besos. Lenguas. Glande. Clítoris. Flujo. Semen. Ducha. Éxtasis.

Tus ojos clavados en los míos. No dejas de mirarme y eso me pone más. Te cojo de la nuca y te atraigo hacia mí. La primera arcada me asusta, la segunda me pone más cachondo. Y a ti también. Lo veo en tus pupilas. En ese brillo de dame más que se intuye entre el rimmel corrido y el gesto que pones cuando me escupes en el glande. Dios. No pares. Sigue, sigue así. Me matas. Me encanta. Estoy apunto de correrme, pero quiero hacerte disfrutar a ti también. Un poco más. Sólo un poco. Así. Muy bien, despacito. Con cuidado. De abajo arriba. Sí. Y sigue mirándome, por favor. Me ves resoplar y jadear. Sonríes. Me pones más cachondo todavía. Ahora me toca a mí.

Te cojo de las manos y te pongo en pie. Te como la boca como si no hubiera un mañana. Te empotro contra la pared. Tu espalda choca contra el estucado barato. Los brazos en cruz, algo así como un Cristo pecador. Mis manos por debajo de tu vestido. Tus pezones duros bailan entre mis dedos. Te lamo el cuello y gimes. Sé que estás húmeda y sólo de pensarlo me aprieto más contra ti. Te muerdo el labio y te tiro sobre la cama. Los muelles protestan. Me miras con los ojos como platos y las piernas abiertas. Un cerco de flujo empapa tus bragas. Eso me excita más. Empiezo a tocarte con ellas puestas. Un gemido agudo escapa de tu boca mientras tu espalda se arquea y mis dedos empiezan a acariciar tus muslos.

Ahora soy yo quien te folla con la boca. Mi lengua dentro de ti. Saboreándote mientras mis manos avanzan por tu cuerpo con desesperación. Cierras las piernas, aprisionándome en una cárcel de la que no quiero escapar. Me aprietas contra ti. Gimes. Lamo. Un espasmo recorre tu cuerpo. Te empiezas a poner rígida. Me encanta. Te meto dos dedos mientras empiezo a succionar tu clítoris. Los espasmos no tardan en llegar. Tu barbilla apuntando al techo de la habitación. Tus manos arrugando las sábanas. Repites una y otra vez no pares, no pares. Tu respiración se acelera. Jadeas. Cada vez más deprisa, hasta que finalmente te corres en mi boca, inundándome de tu esencia.

Placer. Mordiscos. Uñas. Dolor. Semen. Flujo. Orgasmos. Éxtasis. Besos. Sonrisas. Caricias. Abrazos. Silencio. Latidos. Ducha. Nota. Carmín. Adiós…

Mis piernas sobre tus hombros y tu polla abriéndose camino entre el calor y la humedad que emana de entre mis piernas después del orgasmo. Sin mediar palabra, nuestros ojos jamás dejan de hablarse. Nuestras manos entrelazadas se aprietan con fuerza con cada embestida. Mis uñas se clavan en tu espalda al segundo orgasmo, mientras tus empujones se vuelven cada vez más fuertes e intensos. Mordiscos en mi cuello, en mis hombros, en mis pechos. No paras hasta que un tercer orgasmo acude de la mano del segundo. Mis ojos en blanco, el cuerpo rígido, la espalda arqueada de placer. Experimentamos todas las posturas posibles. Un me voy a correr, abre la boca hace que mi pulso se acelere todavía más. Te colocas encima de mi dejando que tu semen empape mi cara, mis labios y mi lengua mientras observo, excitada, como alcanzas el clímax. Exhaustos, nos dejamos caer sobre el colchón, abrazados, sonrientes. Nos besamos como dos locos de amor intentando robarle al día hasta el último segundo juntos. Nos duchamos. El tiempo se me echa encima. Todavía tengo que coger un tren que me lleve al aeropuerto. Me seco rápidamente. Las bragas… aquí están. Sujetador, vestido, medias, zapatos. Un último vistazo en el espejo de la habitación. Lápiz de labios rojo y un arreglo rápido de la melena con los dedos. Estoy preciosa. El bolso. Busco en su interior. Un trozo de papel en blanco. Sobre él, un beso de carmín. Con un bolígrafo azul, una promesa: Te buscaré cuando vuelva. Él sigue en la ducha. Cierro la puerta tras de mí.

Ducha. Relax. Champú. Jabón. Toalla. Espejo. Vapor. Sonrisa. Endorfinas. Soledad. Tristeza. Nota. Silencio. Sueño. Decisión. Muerte…

Salgo de la ducha con una sonrisa de oreja a oreja. Joder, ha estado genial. Esto hay que repetirlo, digo entrando a la habitación. Pero no hay nadie. Se ha ido. Ni rastro de ella. Un nudo en la garganta y una nota sobre la cama que aún huele a nosotros. Avanzo despacio, temeroso. Tengo ganas de llorar. Los dos sabíamos que esto no tenía futuro, pero soñar es gratis. Hasta que despiertas y te encuentras con esto. Me dejo caer en el colchón. El pelo empapado deja un cerco de humedad en la almohada. Debajo de mí, otro cerco de humedad que empieza a enfriarse me recuerda a ella. Cierro los ojos. Trato de ordenar mis pensamientos. Algo parecido a una idea sacada de un melodrama de sobremesa empieza a filtrarse en mi cabeza. Hasta que me quedo dormido.

Cuando despierto está atardeciendo. Miro el reloj. He perdido la noción del tiempo. Sólo sé que hace 13 horas estaba saliendo de Benavente sin nada mejor que hacer que volver a casa y cenar sopa de sobre, viendo algo en la tele antes de quedarme dormido en el sofá. 13 horas que me han valido más que 13 noches de boda en compañía de quien prometió amarme en la riqueza y la pobreza, hasta que descubrió que el matrimonio era algo que inventaron nuestros antepasados para poder follar sin que fuera pecado. Y claro, levantó el vuelo dejándome atrás. Nunca supe volar a su altura y me quedé en tierra… Volar… Tierra…

Me levanto de la cama y me visto a toda prisa. Estoy helado. La decisión está tomada. Bajo las escaleras de dos en dos. Pago un suplemento y escucho a la dueña de la pensión decirme que es una vergüenza y una tomadura de pelo haber alquilado unas horas y salir tan tarde. La dejo atrás chapurreando no sé qué sobre avisar a los nacionales. No tengo tiempo para eso. En la calle espero un taxi. Enciendo un cigarro. Ni rastro de uno libre. Hay que joderse. Miro el reloj. No recuerdo a qué hora salía su vuelo y eso hace que me entre el miedo y la sensación de estar haciendo el ridículo. Con lo bien que estaría en mi casa y no jugando a los románticos sin levita ni tuberculosis. Una nueva calada. Hay suerte. Una luz verde se acerca a mí. Levanto la mano y un par de turistas japoneses intentan montar antes que yo. No atiendo a razones. El conductor me pregunta que si quiero que abra el maletero. Digo que no. No hay tiempo. Entramos la maleta y yo en la parte de atrás. El viaje empieza y el tiempo me ahoga.

La cabeza apoyada en la ventanilla. De fondo la Cope. Algún intento de entablar conversación por parte del que conduce que no lleva a ningún lado, y entramos en la M-40. La velocidad aumenta. Las manos me sudan. Me humedezco los labios, saboreando el recuerdo que ella ha dejado. Cierro los ojos, ahogando un suspiro. Oigo un claxon, un derrape. Los abro. Lo último que veo es la matrícula trasera de un camión. Después, todo se vuelve negro. Algo me dice que cuando vuelvas de Ámsterdam, no vamos a poder reencontrarnos.

 

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