04:20 – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

La noche corre solitaria por las calles y las esquinas, que hace unas horas jugaban a esconderse de lo obvio, ahora se dedican al noble arte del misterio. Infecciones y gatos negros serpentean entre las bolsas de basura de un callejón únicamente iluminado por unas antorchas de gas que lucen cual guardianas de la entrada. Su estrechez tiende a infinito a medida que la luz se degrada en oscuridad. Una tos hueca, sin procedencia, rebota contra las paredes y escapa hacia una entrada de tono caramelo, donde fugaces sombras anuncian, sin lugar a dudas, la presencia de lo desconocido. En ese mismo entorno acaramelado, una pelota del tamaño de un coco cae desde las alturas y rebota fofamente contra la suciedad regalando a la nada un sonido de final afilado. Es del color del magma y, tras unos segundos en los que parece condenada al olvido, es rescatada por la convencida silueta de un niño que, ataviado con un peto gris, botas negras y cierta apariencia circense de mediados del siglo pasado, desaparece sin dejar rastro.

Una marquesina de autobús recoge la densa niebla que regurgita un profundo parque que se sumerge en el silencio. El frío trata de ocultarse intentando que todo parezca más solitario o quizá más quieto de lo común, pero la certeza de que algo inexplicable merodea cerca se palpa con la misma ilusión que un ganglio inflamado. Al inconfundible traqueteo de unos zapatos de tacón con arrastre impar le acompaña una sombra alargada que recorta un bolso pendulante sujeto con descuido por un brazo cubierto de pieles que imitan animales muertos. Tac, tac, rac. Rasgos rudos, mandíbula definida, nudillos nervudos y cuarentena. Tac, tac, rac. Peluca mala color violeta intencionado. Tac, tac, rac. Esos pasos cansados añoran tiempos mejores mientras se dirigen a la marquesina que recoge la niebla cual cuchara de heladero. Tac, tac, rac. Ya han llegado. Plantado en la parada como si ésta fuese un destino, Manuel no sabe a dónde va, y quizá por eso, prende un cigarrillo.

La radiación de un televisor enmudecido tiñe de fantasmas un salón desordenado y viejo. Entre centenares de objetos inertes dormita un pálido ser vivo que parece derretirse sobre el sofá como los relojes de Dalí en “La Persistencia de la Memoria”. Se escuchan los retazos de una violenta discusión; los vecinos de abajo. Una caja de pizza abierta en ángulo recto presenta una mancha de grasa con la forma de un agujero negro por el que poder escapar hacia una mansión de lujo en la que no existen las preocupaciones.

De las cincuenta y seis ventanas a oscuras que tiene una fachada, tan sólo dos están encendidas, una encima de la otra o viceversa, no creo que eso importe. Colmena insulsa de cemento sin reina y mucho zángano. En la de arriba se recorta la silueta de dos brazos y una cara que, extasiada, aguanta contra el cristal placenteras embestidas. En la de abajo, un noctámbulo sostiene una taza humeante de soledad y tiembla de miedo.

Un taxi hace su última carrera y el mundo continúa. Una chica, al despertar, puede que la del sofá, llorará tanto que perderá el olfato durante dos semanas. Un correo electrónico en cadena con publicidad engañosa llega a seiscientos veinte mil destinatarios y doscientos cincuenta y seis caerán en la trampa. Cuarenta gorriones alzan el vuelo a la vez desde la copa de un árbol asustados por algo que no llegamos a comprender. Una adolescente hace gárgaras con gaseosa en el portal de su casa con las llaves en la mano y el móvil lleno de mensajes intimidatorios. Alguien descubre, ya desnudo y en la ducha, que no tiene agua caliente. Un “te quiero” se queda sin un “yo también”.

Demasiados amenes sin un triste aleluya. Un barrendero termina su jornada sin encontrar lo que cada noche anhela y le pide fuego a una chica flacucha de rostro aviar que parece alzar el vuelo entre frus-frús de plumas tras contestar “de nada”. Una madre primeriza acude preocupada a la habitación de su hija; su marido, hombre de traje gris, aún no ha llegado a casa. No habrá ni un robo con violencia en la calle Nogales y se escucharán un par de risas metálicas en el barrio de las putas. Dos amigas se enfadan por enésima vez y dos enemigos acérrimos se encuentran por la calle y contemplan sus rostros, ajados por los años, sin reconocerse del todo. Un mensaje escrito con el ímpetu de un pinta labios sobre el espejo de un lavabo dice al usuario: “Cuando un ser querido deja este mundo, tu universo crece”

¿Qué más da que sea la madrugada de un viernes de invierno a las 04:20?

El niño del callejón bota la pelota-magma en la intimidad y Manuel sigue esperando al autobús con su zapatos de tacón del número cuarenta y tres asomando de su bolso leopardo cual gacelas en el Serengueti.

Duerme ciudadano, duerme, que aquí poco más hay que ver.

 

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